
Cada vez que llega el final de una evaluación, hay algo que, como docente, me preocupa incluso más que las notas. No es tanto el suspenso en sí, sino lo que ocurre después, fuera del aula, en casa. Con los años como profesora he visto de todo, pero hay situaciones que se te quedan dentro. Recuerdo perfectamente a un alumno que había suspendido cuatro asignaturas. Cuatro. Cuando hablé con él días después, estaba contento, incluso ilusionado. ¿El motivo? Sus padres le habían comprado una moto.
En ese momento no supe muy bien qué decirle. Pero sí me hice una pregunta que todavía me acompaña, si esto pasa cuando suspende… ¿qué pasará el día que apruebe todo? No se trata de juzgar a las familias, porque sé que la mayoría actúa desde el cariño y con la mejor intención. Pero a veces, sin darnos cuenta, enviamos mensajes muy contradictorios. Queremos que nuestros hijos se esfuercen, que sean responsables, que tengan un buen futuro… pero luego, cuando no cumplen, les premiamos igual.
Y ahí es donde algo no encaja.
La psicología lleva muchos años explicando algo bastante sencillo. Desde los estudios de B. F. Skinner sobre el condicionamiento, sabemos que las personas tienden a repetir aquellas conductas que reciben una recompensa. Es decir, lo que se premia, se refuerza. Y esto no es una teoría abstracta, es una base del aprendizaje humano. Si un niño recibe algo positivo después de no haber cumplido, el mensaje que interioriza es claro, aunque nadie se lo diga con palabras, no pasa nada. Pero es que, además, hay algo todavía más preocupante. Investigaciones de la Universidad de Rochester, lideradas por Edward Deci y Richard Ryan, han demostrado que las recompensas externas pueden incluso reducir la motivación interna de los estudiantes. Es decir, cuando un niño se acostumbra a hacer las cosas por lo que va a recibir, deja de hacerlas por sí mismo. Pierde el interés, la curiosidad, las ganas de superarse.
En muchos de esos estudios se observó algo muy llamativo, niños que inicialmente disfrutaban de una actividad, al empezar a recibir recompensas por ella, terminaban perdiendo el interés cuando esas recompensas desaparecían. Es decir, el premio no solo no ayudaba, sino que, a largo plazo, perjudicaba. En clase esto se nota muchísimo. Hay alumnos que, después de suspender varias asignaturas, no muestran preocupación. No es que no puedan, es que no sienten la necesidad de cambiar nada. Y es duro verlo, porque sabes que detrás no hay falta de capacidad, sino falta de un mensaje claro.
También entiendo que muchos padres quieren evitar que sus hijos lo pasen mal. Nadie quiere ver a su hijo frustrado, triste o decepcionado. Pero la frustración también educa. Suspender forma parte del proceso. Es una señal de que algo hay que cambiar. Y taparlo con un premio es, en el fondo, quitarle valor a ese aprendizaje.
De hecho, la propia teoría de la autodeterminación explica que las personas aprenden mejor cuando sienten que lo que hacen depende de ellas, no de recompensas externas. Cuando todo viene condicionado por premios, el esfuerzo deja de ser algo personal y se convierte en una simple transacción.
Y esto, poco a poco, va calando.
Educar no es fácil. Implica decir que no muchas veces, incluso cuando cuesta. Implica mantener una coherencia que no siempre es cómoda. Pero es que los niños necesitan eso. Necesitan saber que las cosas tienen consecuencias, que el esfuerzo merece la pena y que no todo vale. Porque al final no estamos hablando de un examen o de una asignatura. Estamos hablando de cómo van a enfrentarse a la vida el día de mañana. De si sabrán esforzarse cuando algo se complique, de sí entenderán que no siempre hay recompensa inmediata, de si serán capaces de levantarse cuando las cosas no salgan bien.
Y vuelvo a esa imagen que no se me olvida, un alumno celebrando un premio enorme después de haber suspendido varias asignaturas.
De verdad, ojalá nos paremos a pensar un momento. Si premiamos cuando no toca, ¿qué valor le estamos dando realmente al esfuerzo?
Ariadna Gutiérrez

