El arte de estar presente: del sonido al sentimiento

A menudo caminamos por la vida envueltos en un manto de sonidos. El tráfico matutino, el zumbido de los electrodomésticos, el murmullo constante de una ciudad que nunca duerme. Vivimos en un estado de alerta acústica permanente. Sin embargo, en medio de esa marea de vibraciones, solemos cometer un error silencioso pero profundo: confundimos el acto biológico de oír con el acto sagrado de escuchar.

Oír es una función física; es el impacto de las ondas sonoras en nuestros tímpanos. Es involuntario, mecánico y, muchas veces, superficial. Escuchar, en cambio, es una decisión del alma. Es un ejercicio de hospitalidad donde abrimos las puertas de nuestro mundo interior para que la voz del otro encuentre un refugio. Mientras que el oído capta datos, el corazón capta verdades.

La distancia entre el ruido y la voz

Para comprender la diferencia que llega al corazón, debemos entender que oír es un proceso que sucede hacia nosotros, mientras que escuchar es un proceso que nace desde nosotros hacia el otro. Cuando simplemente oímos a alguien, estamos procesando palabras como si fueran códigos en una pantalla. Estamos allí físicamente, pero nuestra mente suele estar tres pasos adelante, preparando una respuesta, juzgando el argumento o simplemente esperando nuestro turno para hablar.

La escucha verdadera es un acto de humildad. Requiere que silenciemos nuestra propia voz interna —esa que siempre quiere tener la razón o dar consejos no solicitados— para permitir que el otro sea, simplemente sea, ante nosotros. Escuchar es decirle a la otra persona, sin necesidad de palabras: «Tu existencia es importante para mí, y tu dolor o tu alegría tienen un lugar seguro en mi pecho».

El lenguaje de lo invisible

Aquel que solo oye, se queda en la superficie de la gramática. Pero aquel que escucha con el corazón, aprende a leer los silencios. Hay más verdad en un suspiro contenido, en una mirada que baja o en una pausa prolongada que en mil frases articuladas con elocuencia.

Escuchar es percibir la fragilidad detrás de una voz que finge ser fuerte. Es notar el temblor en la risa que intenta ocultar una tristeza. Cuando escuchamos, dejamos de ser jueces para convertirnos en espejos. No estamos allí para arreglar la vida de nadie, sino para ser testigos de su humanidad. En un mundo donde todos gritan para ser notados, alguien que escucha de verdad es un bálsamo, un oasis de paz que sana heridas que la medicina no puede tocar.

La escucha como acto de amor

El amor no se mide por la cantidad de palabras que nos dedicamos, sino por la calidad de la atención que nos brindamos. El mayor regalo que podemos ofrecerle a un ser humano no es un objeto material, sino nuestra presencia plena.

Cuando escuchamos con consentimiento —es decir, con el permiso consciente de involucrar nuestras emociones— estamos validando la realidad del otro. Validar no significa estar de acuerdo; significa reconocer que lo que el otro siente es real para él. Es en ese espacio de validación donde ocurren los milagros de la conexión humana. Un niño que se siente escuchado crece con raíces fuertes; un anciano que se siente escuchado siente que su historia todavía tiene valor; una pareja que se escucha sobrevive a las tormentas más feroces porque el puente entre sus corazones nunca se rompe.

El silencio: el compañero necesario

No podemos escuchar si no amamos el silencio. El silencio no es la ausencia de sonido, sino la presencia de la atención. Para que la diferencia entre oír y escuchar se manifieste, debemos aprender a estar cómodos en el vacío. A veces, la mejor respuesta a una confesión dolorosa no es una frase de consuelo trillada, sino un silencio compartido, una mano apretada y una mirada que dice: «Te escucho, estoy aquí».

El corazón no necesita grandes discursos; necesita saber que no está solo en su sentir. Oír nos mantiene en la periferia de la vida ajena. Escuchar nos invita a entrar en el santuario de su intimidad.

Un llamado a despertar el corazón

Hoy, el mundo nos empuja a la prisa y a la distracción. Nos hemos vuelto expertos en oír mil cosas a la vez pero en no escuchar ninguna. Te invito a hacer una pausa. La próxima vez que alguien se siente frente a ti a compartir su día, sus miedos o sus sueños, intenta este ejercicio de conciencia:

  1. Suelta el teléfono: Nada dice «no me importas» tanto como una mirada perdida en una pantalla.
  2. Silencia tu juicio: No escuches para corregir, escucha para comprender.
  3. Mira a los ojos: Ahí es donde las palabras cobran color.
  4. Respira con el otro: Sintoniza tu ritmo con el suyo.

La diferencia entre oír y escuchar es la misma que hay entre mirar un mapa y caminar por el bosque. Uno te da la información, el otro te permite sentir la humedad de la tierra y el aroma de los pinos. Elige caminar por el bosque del otro.

Al final de nuestras vidas, no recordaremos quién nos dijo las palabras más inteligentes, sino quién nos escuchó cuando nuestro corazón estaba demasiado cansado para hablar. Porque escuchar es, en última instancia, la forma más pura de generosidad y el lenguaje más directo del amor.

Marisol Casas Toledo

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