Leo en las noticias y en las redes sociales de manera creciente, una minoría de jóvenes que se identifica o se siente animal, los llamados therian y como psicóloga, más allá del titular sensacionalista o el debate encendido, lo que me surge es una pregunta profesional, de cómo acompañar a estas personas y a sus familias, sin caer en la burla o en la patologización precipitada.
En los último días estoy participando a diario y en diferentes medios de comunicación, donde me piden mi opinión profesional sobre este fenómeno emergente. Y mi punto de partida es siempre el mismo: antes de juzgar, necesitamos comprender y entender. Antes de etiquetar, necesitamos escuchar.
Estos jóvenes que se definen therian expresan tener una fuerte conexión emocional o espiritual, expresan sentirse identificados con determinadas cualidades o valores del animal al que imitan. Para algunos es una dimensión simbólica, para otros, una vivencia interna más intensa, llegando incluso a pedir legislación que les proteja y les legitime. En cualquier caso, estamos ante adolescentes, porque en su mayoría lo son, que están intentando explicarse a sí mismos y explicarnos algo.
La psicología evoutiva nos da respuestas a este fenómeno, ya que la adolescencia es una etapa de construcción de la identidad, se preguntan a menudo, ¿quién soy?, ¿dónde encajo?, ¿qué me define?, ¿qué me diferencia? En esta búsqueda es normal explorar estéticas, grupos, ideologías, o formas alternativas de pertenencia. Necesitan espejos donde mirarse y comunidades donde se sienten identificados. El problema no es la búsqueda, el problema es cómo la miramos los adultos.
Si reaccionamos con burla, memes e invalidación, lo único que hacemos es reforzar el aislamiento y la posición. En ocasiones convertimos lo diferente en motivo de ridiculización y perdemos una oportunidad de diálogo. Mirar desde la ternura y desde la profesionalidad no significa validar sin más cualquier conducta, significa comprender la función o necesidad psicológica que se está cubriendo.
Habría que preguntarse, sin patologizar todo, con categorías diagnósticas, que en algunos casos sí puede haberlos, sobre todo cuando no se reconocen como seres humanos y se han desconectado de lo que es real y no, pero ¿por qué estos jóvenes se sienten más identificados con animales y no con humanos que serían de su misma especie? ¿Qué encuentran en esa identificación que no están encontrando en sus vínculos cotidianos?
La identificación con un animal puede presentar cualidades que el adolescente siente que no puede expresar como persona todavía, quizás fuerza, libertad, lealtad, protección o independencia y el animal simboliza lo que desearía ser o algo que no puede mostrar.
La pertenencia a las comunidades therian, tanto presenciales como online, ofrecen validación, algo que todo adolescente necesita, sintiéndose entre ellos comprendidos y que no son los raros. Y cuando en casa o en el entorno educativo o social experimentan dificultades, disfuncionalidad familiar, falta de empatía, dificultad para relacionarse y para resolver problemas, en definitiva, sensación de no ser vistos y escuchados, cualquier espacio que proporcione acogida se vuelve especialmente atractivo.
Habría que preguntarse además, si esto responde a que sean llamadas de atención, entonces habría que explicarlo desde que puede ser una necesidad que está siendo cubierta cuando un hijo dice “me siento un lobo” o “me identifico con un gato”. El foco no está solo en desmontar la afirmación sino en preguntarnos qué necesidad hay detrás, o que quizás no están encontrando otras formas de llamar la atención que no sea así, de esta manera tan extrema . No se trata de culpabilizar, por tanto, a las familias, la culpa paraliza, sino de hacernos responsables. No podemos rebobinar en el tiempo, pero sí podemos ofrecer ahora una mirada distinta, más disponible, más atenta, más empática, firme y contenedora, pudiendo ayudar a integrar su identidad, como humano, que vive en un mundo con otros seres como él. Es algo así como “entiendo que te sientas conectado con ese animal y quiero saber qué significa para ti” reforzando la identidad humana como base desde la que construirse. El reto no ha de ser discutir con alguien si es o no es un animal, el reto es ayudar a ese joven a sentirse valioso como persona.
Desde la psicología sabemos que cuando un joven necesita exclusivamente construir su identidad desde la oposición o en evasión de la realidad, suele haber un sufrimiento detrás. Por eso es importante valorar cada caso con prudencia y de manera individualizada. En algunos puede ser una fase exploratoria pasajera, y en otros puede estar vinculada a dificultades emocionales más profundas, con otra sintomatología, aislamiento social, problemas académicos, ansiedad, depresión, o algo más grave que sí requieren intervención terapéutica. Lo que no ayuda es el alarmismo social. No estamos ante una epidemia de locura colectiva, tampoco ante una moda que deba ser reprimida con dureza. Estamos ante adolescentes que viven en un contexto hiperdigitalizado, donde las identidades se amplifican, se dividen y se comparten a golpe de click y donde cualquier diferencia puede convertirse en etiqueta.
Calmar a las familias pasa no por categorizar a una etiqueta diagnóstica, sino observar el funcionamiento global de ese joven, su estado de ánimo, sus relaciones, su rendimiento académico si esto fuera normal, y dentro de una narrativa interna, seguramente es una forma de expresión de la identidad, que necesita diálogo y no pánico. Si por el contrario observamos algo más grave como retraimiento intenso o pérdida de contacto con la realidad, entonces sí es recomendable consultar con un profesional para que valore la situación integral del joven.
Ser humano implica sentir, equivocarse, buscar sentido, explorar y por qué no perderse. Implica pertenecer y al mismo tiempo diferenciarse. Si conseguimos que nuestros hijos se sientan aceptados, queridos y suficientemente buenos tal y como son, disminuirá esa necesidad de refugiarse en identidades alternativas para sentirse validados. Y que estos valores identificados en animales, pueden estar en los humanos, sin necesidad de creerse animales.
Amaya Prado Piña es psicóloga especialista en educación y familia, con trayectoria en el ámbito público y comunitario en programas de prevención y salud emocional.



