En un mundo donde la geopolítica parece rendirse a la ley de la selva, reivindico la política de lo cercano. Desde la vivienda hasta la soledad invisible de muchas personas mayores, propongo que nuestra ciudad incluya a todas las personas para ganar todos: convertirnos en un refugio de humanidad donde el derecho deje de ser un menú a la carta y vuelva a ser el suelo común de todos.
Antonio Guterres, secretario general de la ONU, soltó hace poco una frase que debería hacer temblar los cristales de nuestras casas: «El estado de derecho está siendo sustituido por la ley de la selva». Lo dijo con la amargura de quien ve cómo el derecho internacional se convierte en un menú a la carta, donde los poderosos eligen solo el plato que les conviene.
Unas semanas antes, Mark Carney hablaba en Davos de un sistema que usa la economía como arma de coacción. Nos pedía dejar atrás la nostalgia: el viejo orden no volverá. Pero añadía un punto de luz: «Desde la fractura podemos construir algo mejor, más fuerte y más justo».
Desde mi responsabilidad como Defensor de la Ciudadanía en Granada, estas palabras no me suenan a política lejana. Me suenan a lo que escucho con frecuencia en las distancias cortas. Porque la ley de la selva no solo se manifiesta en los conflictos internacionales; avanza silenciosa cuando permitimos que los derechos humanos más elementales se conviertan, también aquí, en un producto de lujo o en una moneda de cambio.
Incluir a todos es la antítesis de la ley de la selva: es la costura que nos mantiene unidos.
La selva en la puerta de casa
Cuando Guterres habla de “desprecio descarado”, pienso en los derechos básicos: vivienda, salud, educación, dependencia, servicios sociales, movilidad, suministros y empleo digno.
Para muchos jóvenes y familias, acceder a un techo digno no es un ejercicio de ciudadanía: es una batalla de supervivencia en una selva de precios imposibles. Si lo esencial queda fuera del alcance de la gente, ¿qué nos queda del estado de derecho?
La ley de la selva se manifiesta en el olvido: en la mirada que apartamos frente a quien vive en la calle, en la soledad que se espesa tras los visillos de los barrios antiguos, en la burocracia que se convierte en laberinto para quienes no tienen fuerzas.
Pero hay otra fuerza: invisible, discreta, constante. Lo social es la costura que mantiene unida a una ciudad: la educación, la sanidad, la cultura, los servicios sociales, los espacios verdes y la participación ciudadana.
Sin estos hilos, las grietas se agrandan, desde Granada hasta Andalucía, España y el mundo.
Del menú a la carta a la mesa compartida
Guterres criticaba que el derecho se trate como un “menú a la carta”. Aquí ocurre cuando la norma se aplica con rigor al débil, pero se vuelve elástica para el influyente, o cuando los servicios públicos no llegan con la misma dignidad a todos los barrios. Entonces, la costura se debilita.
El mayor peligro no es la crisis, sino el escepticismo. El ciudadano que siente que las reglas son teatro termina por retirarse del ágora. Y es en ese vacío donde la selva reclama su terreno.
La justicia no puede ser un privilegio; debe ser el suelo común sobre el que todos caminamos, el hilo que cose la igualdad.
La ética de la cercanía
No sirve de nada añorar la ciudad que ya no existe. El reto es la Granada que estamos levantando hoy.
Nuestra respuesta al desorden mundial debe ser una obstinada ética de la cercanía. Granada no puede arreglar el mundo, pero sí puede ser un refugio de humanidad: el tercer sector que no descansa, la empresa que apuesta por el territorio, la fe que se traduce en acción y la sociedad que sigue creyendo en la palabra dada.
Lo esencial invisible
Lo social, muchas veces invisible a los ojos, es en realidad lo esencial. Son los gestos cotidianos, la solidaridad vecinal, la familia que todo lo puede y el cuidado mutuo los que sostienen nuestra convivencia.
Esta red silenciosa no puede cargar sola con la ciudad: los poderes públicos, a todos los niveles, tienen la responsabilidad de fortalecerla.
Invertir en lo social —vivienda, educación, salud, servicios sociales, dependencia, movilidad, espacios verdes, empleo digno y participación ciudadana— no es un lujo: es el hilván que sostiene la justicia y la vida digna.
Solo combinando acción ciudadana con responsabilidad pública podremos sembrar un futuro sólido y justo, no solo para Granada, sino para Andalucía, España y el mundo.
El reto del Ágora
Inaugurar este espacio en Granada Social es un acto de resistencia. Es abrir un claro en el bosque para que el pensamiento sea un diálogo de la ciudadanía y no un monólogo del poder.
La verdad no discute, simplemente vuelve. Y la verdad de Granada es que, a pesar de las grietas, somos una red de voluntades capaz de sostenerse.
No permitamos que la ley de la selva dicte quién merece dignidad y quién no. La sangre —nuestra identidad, nuestra compasión— no entiende de olvidos.
Hagamos que la palabra sirva para reconstruir lo que se ha roto, para incluir a todos sin distinción.
Incluir no es opcional; es la única manera de construir un futuro más fuerte, más justo y verdaderamente social.
Manuel Martín García
Defensor de la Ciudadanía de Granada


