La conciliación no es un coste: es una inversión social y económica

La conciliación entre la vida laboral y personal se ha convertido en uno de esos
conceptos que todos defienden en público, pero que pocos están dispuestos a
garantizar en la práctica. Es el mantra moderno del mundo del trabajo: empresas
que presumen de flexibilidad, gobiernos que anuncian medidas pioneras y
directivos que hablan de bienestar como si fuera una prioridad real. Sin
embargo, cuando bajamos del eslogan a la vida cotidiana, la conciliación sigue
siendo un privilegio reservado a unos pocos. Y lo más preocupante es que hemos
normalizado esta incoherencia.


Vivimos hiperconectados, capaces de trabajar desde cualquier lugar, pero esa
misma conectividad nos ha convertido en profesionales disponibles a todas
horas. El teletrabajo, que prometía libertad y autonomía, se ha transformado en
demasiados casos en una oficina que nunca cierra. Eurofound ya advirtió que
quienes teletrabajan tienden a trabajar más horas que quienes acuden
presencialmente. Más flexibilidad, sí, pero también más disponibilidad, más
interrupciones y más sentimiento de culpabilidad por no estar “siempre
conectados”.


La conciliación no es solo una cuestión de horarios: es una cuestión de cultura.
Implica entender que las personas tienen responsabilidades diversas y
necesidades fuera del trabajo. Un empleado que puede recoger a sus hijos,
cuidar a un familiar o simplemente disponer de tiempo para sí mismo, es un
empleado más motivado, más creativo y, paradójicamente, más productivo. Sin
embargo, seguimos atrapados en un modelo laboral que premia la presencia por
encima del rendimiento, que mide compromiso por horas y no por resultados, y
que mira con recelo cualquier petición de flexibilidad. Como si pedir tiempo
fuese una muestra de debilidad o falta de ambición.


La conciliación no debería ser un lujo reservado a quienes tienen jefes
comprensivos o trabajos de oficina. Debería ser una estructura social
garantizada, un marco que permita a cada persona desarrollar su vida sin
sacrificar su salud mental, su familia o su identidad. Porque trabajar para vivir
no es una frase hecha: es una necesidad humana básica.


Los datos lo confirman. España figura entre los países europeos donde más horas
se dedican al trabajo remunerado y donde la sensación de falta de tiempo
personal es más elevada, según la OCDE. El INE señala que más del 60% de los
trabajadores tiene dificultades para compatibilizar empleo y vida familiar. Y el
estudio Employer Brand Research 2025 de Randstad revela un dato contundente:
el 46% de los trabajadores estaría dispuesto a dejar su empleo, si no logra una
conciliación adecuada. No es un capricho: es una urgencia social.

La Organización Internacional del Trabajo insiste desde hace años en que la
flexibilidad bien gestionada aumenta el rendimiento y reduce el absentismo.
Pero seguimos sin escucharlo. Mientras tanto, la salud mental se deteriora: la
falta de descanso, la hiperconexión y la presión constante disparan los niveles de
ansiedad y agotamiento emocional.


Conciliar no debería ser una heroicidad diaria. Debería ser un derecho efectivo,
respaldado por estructuras laborales modernas y por una legislación que vaya
más allá de los parches. Se suele citar a Dinamarca o los Países Bajos como
ejemplos de éxito: menos horas trabajadas y mayor productividad. Pero rara vez
se menciona que sus modelos sociales, más individualistas, no son directamente
comparables con sociedades como la española, donde la vida familiar y la
sociabilidad tienen un peso mayor. Aun así, incluso allí, la conciliación real sigue
siendo un reto.


No se trata de trabajar menos, sino de vivir mejor. La conciliación no es un
beneficio extra: es la base de una sociedad más sana, justa y sostenible. Las
familias lo saben bien. Organizar cuidados, horarios escolares y jornadas
laborales es, para muchas, un rompecabezas diario. Hace falta valentía política y
empresarial para asumir que conciliar no es trabajar menos, sino trabajar de
forma más inteligente.


La brecha de género es el espejo más claro de esta desigualdad. Las mujeres
siguen asumiendo la mayor parte de los cuidados y la falta de conciliación real
las empuja a reducir jornadas, renunciar a ascensos o abandonar el mercado
laboral. No es casualidad que la mayoría de las reducciones de jornada por
cuidados recaigan sobre ellas. La conciliación, tal y como está planteada hoy, no
solo es insuficiente: es profundamente desigual.


A esto se suma la proliferación de “políticas de bienestar” que muchas empresas
exhiben como trofeos: talleres de mindfulness, fruta gratis los lunes, un viernes
corto al mes. Medidas cosméticas que no cambian nada de fondo. La verdadera
conciliación exige rediseñar horarios, repensar la organización del trabajo,
confiar en los empleados y abandonar la cultura del presentismo que tanto daño
ha hecho a la productividad y a la salud mental. Y también exige que los propios
trabajadores entiendan que la familia es una estructura que requiere
organización y corresponsabilidad.


Hay sectores donde conciliar es casi imposible. En sanidad, los turnos
interminables y las plantillas insuficientes convierten la conciliación en ciencia
ficción. En hostelería y comercio, los horarios partidos y la imprevisibilidad
hacen inviable cualquier planificación familiar. En educación, el trabajo invisible
en casa, correcciones y preparación de clases y reuniones, multiplica la jornada
real. En tecnología, la cultura del “siempre disponible” se ha normalizado. En
logística y transporte, los turnos rotativos y los desplazamientos constantes
relegan la vida personal a los huecos del calendario.


La productividad no depende de cuántas horas pasamos frente a una pantalla,
sino de cómo trabajamos y en qué condiciones. Una sociedad que no permite a
sus ciudadanos cuidar, descansar o simplemente vivir, es una sociedad que se
empobrece, aunque sus indicadores económicos digan lo contrario.


Ha llegado el momento de exigir cambios reales. La conciliación no es un coste:
es una inversión. Y una sociedad que no invierte en el bienestar de sus
ciudadanos está hipotecando su futuro.

Mariángeles Nogueras (fundadora y directora de OFA (Consultoría para la conciliación de la vida privada con el trabajo)

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *