
Aún con la resaca del VI centenario del salvoconducto, en el que se
han realizado numerosas actividades (actos, publicaciones, congresos,
reconocimientos, etc.), nos llega el aviso de una nueva efeméride. En
apenas cuatros años, en 2030, se cumplirán quinientos años de la primera
presencial documental de familias gitanas en Granada. Los libros de
bautismo de Santa Escolástica y San Ildefonso registran, desde 1530,
apellidos que cualquier granadino reconoce hoy: Maya, Heredia, Cortés,
Fernández, Maldonado. Pero la presencia real es anterior. Llegaron, muy
probablemente, con las propias tropas de las Reyes Católicos durante la
conquista, colaboraron en las campañas y participaron en las luchas entre
facciones nobiliarias y, cuando terminaron las guerras, muchos se
quedaron. Esta fecha, la de 2030, no debería pasar desapercibida.
Fue un 12 de enero de 1425. Aquel día, Alfonso V de Aragón
estampó su firma en un salvoconducto para Juan de Egipto Menor, líder
de un grupo que pedía paso por sus reinos, nadie podía imaginar entonces
que aquel pergamino abría la primera página de una historia que aún
estamos escribiendo, la del pueblo gitano en España. Un siglo después, la
hospitalidad se convirtió en persecución. En 1499, los Reyes Católicos
firmaban una pragmática que los condenaba a azotes, destierro y, más
adelante, en tiempos de Carlos V, a galeras, si no abandonaban su forma
de vida. ¿Cómo se pasó de la bienvenida al cerco? Granada tiene
respuestas. En 1530, los registros parroquiales de Santa Escolástica y San
Ildefonso ya recogen familias gitanas asentadas en la ciudad. No vivían en
los márgenes, sino en barrios que fueron y son el corazón del Abayzín y el
Realejo: la Cuesta de la Alcahaba, la Cruz Blanca, San Cristóbal, San
Ildefonso. El Sacromonte, entonces Cerro Valparaíso, aún no era el barrio
gitano por excelencia. Lo sería después. Pero ya estaban ahí. Con oficios,
con casas, con vínculos. Eran vecinos. Pero la convivencia no duró. Entre
1532 y 1533, Carlos V firmó una real provisión en la que se explicaba
cómo muchos gitanos frecuentaban a los moriscos. El arzobispo Gaspar de
Ávalos elevó una queja formal ante las autoridades, en la que denunció la
relación entre gitanos y moriscos, y que estos primeros contaminaban a
los segundos con hechicerías y supersticiones, y además les robaban. La
alarma estaba servida. El cerco, en marcha.
En el siglo XVII, su presencia era ya imborrable. Los archivos
municipales guardan registro de su participación en las procesiones del
Corpus Christi de los años 1607, 1618, 1652, 1692. Los gitanos bailaban en
la fiesta más importante de la ciudad. La misma ciudad que los veía con
recelo los integraba en su liturgia. Una paradoja más de esta historia.
Durante mucho tiempo, los historiadores solo miramos lo que las
leyes decían (pragmáticas, edictos, sentencias, etc.), una historia de
verdugos. Los gitanos aparecían como objetos de represión, nunca como
sujetos con voz propia. Pero en las últimas décadas, hemos aprendido a
leer entre líneas. A buscar en los registros parroquiales, en los padrones,
en la memoria oral. Y lo que encontramos no es solo persecución.
Encontramos también persistencia y coexistencia. Los gitanos siguieron
hablando su lengua en la intimidad de sus casas, siguieron
reconociéndose en sus apellidos, tejieron redes comunitarias donde el
Estado solo veía individuos aislados, negociaron con las autoridades, se
adaptaron a los oficios que les dejaban y buscaron resquicios en las leyes
para sobrevivir. No fueron víctimas, fueron, ante todo, personas que
resistieron y se adaptaron.
La Historia del pueblo gitano en España no es una historia de
derrota. Es la historia de una persistencia y pragmatismo. Durante
generaciones, solo vimos lo que las leyes decían, hoy empezamos a ver
también lo que las ordenanzas no pudieron silenciar. Volver a 1425 y 1530
no es solo un ejercicio de memoria, es un acto de justicia. Granada, que
fue escenario de aquella hospitalidad primera, tiene algo que decir.
Porque lo que ocurrió en Santa Escolástica y San Ildefonso, en las calles de
la Cava y San Cristóbal, en las procesiones del Corpus, no fue una
excepción. Fue la norma de un tiempo en el que lo gitanos cabían en la
sociedad. Y si cabían entonces, la pregunta es: ¿qué hemos hecho con
aquella hospitalidad primera?

Se acerca 2030. Faltan cuatro años para que se cumplan cinco siglos
de la primera huella escrita de aquellas familias en Granada. Aquellos
apellidos que aún resuenan. Aquellas calles que aún se pisan. La
efeméride no debería ser solo un acto académico, puede ser, también, una
ocasión para preguntarnos qué hemos con aquella hospitalidad primera.
Y sobre todo, qué queremos hacer con ella de aquí en adelante. Porque la
Historia no es solo lo que pasó. Es también lo que decidimos recordar. Y lo
que recordamos, de una manera u otra, lo estamos eligiendo ahora.
Granada tiene una cita en 2030. Ojalá lleguemos a tiempo.
Alejandro Heredia Castillo

