
Hay un tipo de silencio que no es paz. Es un silencio espeso que se instala en los rincones de las casas y en los pliegues del alma. Es la soledad no deseada, esa epidemia invisible que hoy tiene dos rostros que no podemos seguir ignorando: nuestros mayores y quienes conviven con una enfermedad mental.
Pensemos en las manos de un anciano. Esas manos que construyeron ciudades y acunaron hijos, y que hoy, quizás, solo sostienen una taza de café frío mientras esperan un teléfono que no suena. Para muchos, la vejez se ha convertido en un naufragio. Nos olvidamos de que tras esas arrugas hay historias de amor, fracasos y una sabiduría que se marchita porque no tiene a quién entregarse. Nadie debería ser invisible en la tierra que ayudó a sembrar.
Y junto a ellos, están quienes caminan por el laberinto de la enfermedad mental. Su soledad es especialmente cruel porque suele ser impuesta por el miedo de los demás. Es el vacío que se hace alrededor de alguien cuando menciona una depresión o un trastorno. No es solo estar solo en una habitación; es sentirse solo estando rodeado de gente, sabiendo que el juicio levanta muros más altos que cualquier pared de hormigón.
¿Qué nos dice esto de nosotros? Que hemos perfeccionado la tecnología para conectarnos, pero hemos descuidado la capacidad de vincularnos.
La solución no está en grandes algoritmos, sino en el gesto más antiguo y humano: la presencia.
- Es la llamada de cinco minutos para preguntar «¿cómo estás?» y escuchar de verdad la respuesta.
- Es la mirada que no se aparta cuando alguien muestra su vulnerabilidad.
No permitamos que el ruido del mundo ahogue el grito silencioso de quienes solo piden ser vistos. Cuidemos esos hilos invisibles que nos unen, porque al final del día, todos buscamos lo mismo: saber que nuestra existencia importa para alguien más.
Nadie sabe cuándo será uno mismo quien, desde el otro lado del cristal, necesite simplemente que alguien le dé la mano.
Marisol Casas Toledo

