
Cuando fundé la asociación, lo hice movida por una mezcla de rebeldía y
tristeza. No podía aceptar que tantas personas, solo por tener una herida en
el alma, vivieran en el olvido, como si su voz no contara. Yo llegué con
mis carpetas, mis ganas de organizar y la idea de que iba a ser yo quien les
daría algo a ellos. Qué equivocada estaba.
Con los años, las paredes de nuestra asociación dejaron de ser una oficina
para convertirse en mi hogar. Al estar allí, día tras día, por para ellos y
ellas , descubrí que la verdadera salud no está en un expediente, sino en el
vínculo. Lo que empezó como un proyecto social se transformó en la
lección de amistad más grande de mi vida.
He aprendido de mis compañeros y compañeras que la amistad no entiende
de diagnósticos. Mientras el mundo les daba la espalda, ellos me enseñaron
a mirar de frente, con una honestidad que rara vez se encuentra ahí fuera.
En sus calidos abrazos, en sus cafés compartidos y en su forma de
sostenerse los unos a los otros, encontré una lealtad que no pide nada a
cambio.
Ellos me enseñaron que la fragilidad no es una debilidad, sino el
pegamento que nos une. Me dieron una amistad sin filtros, sin máscaras, de
esas que te salvan cuando tú misma te sientes cansada de luchar. Al final,
después de tanto tiempo liderando este camino, me doy cuenta de que yo
no los salvé a ellos; fueron sus manos, curtidas por la resistencia, las que
me enseñaron a mí lo que significa la verdadera amistad.
Hoy, miro a cada uno y no veo «usuarios». Veo a mis amigos. Veo la
prueba de que, donde el mundo ve abandono, nosotros construimos una
familia.
Marisol Casas Toledo


