“Lo que no se nombra, no existe”. Hoy quiero arrancar con esta frase de George Steiner para poner el foco en una realidad que no podemos obviar. Las situaciones de crisis, que también se convierten en espacios de oportunidad, no siempre generan una mejoría generalizada en el sistema afectado por ella. Imagino que fruto de una bonhomía no exenta de candidez, cuando tomamos consciencia de muchas de las circunstancias que han generado esta crisis, afirmamos que trabajaremos para que no se vuelvan a repetir, asumiendo que ese hecho, ese simple hecho, convertirá a la sociedad resultante en una mejor.

En uno de los muchos foros virtuales a los que he tenido oportunidad de asistir estas semanas de confinamiento, un grupo de mujeres y hombres politólogos debatían sobre las perspectivas de futuro de esta crisis. Uno de ellos espetó “no sé por qué pensamos que la salida de esta situación nos va a deparar un mundo mejor”. Y razón no le faltaba al afirmarlo. En mi caso, escucharlo provocó un frenazo en mis expectativas. De repente tomé conciencia. Y eso me llevó a pensar en las consecuencias que, las situaciones disruptivas provocan en sociedades que quedan indefensas ante estrategias económicas y sociales, como las que define Naomi Klein en su manual ‘La Doctrina del Shock’.

La guerra por un mundo mejor cuenta con el lenguaje como una de sus armas más importantes. De ahí que arrancase con la idea de Steiner, sobre la que descansan muchas de las insistentes estrategias de colectivos minoritarios que luchan por incluir su idioma en el del resto de la sociedad. Es ahí donde podemos apreciar una de las virtualidades del leguaje como herramienta de transformación social. Fruto de esa milenaria batalla por la posición en el relato de la realidad, ha sido el considerar la violencia que ejerce un hombre sobre una mujer como de género. No hace muchos años, el concepto “crimen pasional”, pretendía esconder, dulcificar e incluso justificar que un hombre asesinase a una mujer con la que tenía, tuvo o pretendiese tener una relación. La idea “terrorismo machista” ocupa ahora el lugar de la anterior, derrotando al patriarcado, al menos en ese campo. Es solo un ejemplo, pero no el único.

En este momento existe una batalla descarnada por ganar en el ámbito del lenguaje el discurso de la nueva era. Se cuestionan conceptos plenamente consolidados que, en estos momentos son objeto de la burla de quienes pretenden que la sociedad postcrisis carezca de la inclusividad lograda tras tantos años de lucha y avances. Así, se asocian a determinados colectivos adjetivos que salen de corrido de sus bocas, con la intención de asociar conceptos de manera innata. Así el feminismo es un lobby; las personas inmigrantes son delincuentes o parásitos o ilegales; los menas, agresores sexuales; la homosexualidad es una enfermedad; las ayudas sociales son prebendas; los contratos son un privilegio o una suerte; o los derechos sociales se diluyen entre conceptos asistencialistas, benéficos o confesionales.

“Lo que no se nombra, no existe”. Si dejamos de pronunciar que las personas tienen derecho a una cobertura social, si dejamos espacio a la consideración de que mujeres y hombres no son iguales, si planteamos dudas en el lenguaje sobre la idea de que no es no y nada más que no, estaremos siendo derrotados. Esto ya lo sabía muy bien el padre de la propaganda política, Joseph Göbbles, quien dijo la famosa frase “una mentira, mil veces repetida se convierte en una verdad”. Si, por ejemplo, dejamos que la idea: “los cortes de luz en la zona Norte de la capital granadina, o en Haza Grande, se deben a que todos los vecinos de la zona tienen plantaciones o están enganchados a la red eléctrica de manera ilegal”, tal y como dice nuestro alcalde continuamente, dejaremos de ver el problema social que tienen miles de personas en esos barrios, simplemente porque existe una voluntad clara y manifiesta de no solucionar un asunto del que depende la salud de un buen número de personas que pagan religiosamente su recibo y que son despreciadas por las instituciones y por la empresa suministradora.

            Si no reaccionamos contra la idea manipuladora de que “la violencia de género es algo que también afecta a los hombres”, o que “hay muchos hombres que sufren malos tratos y que solo se reacciona cuando se asesina a una mujer porque estamos en manos del lobby feminista subvencionado”, dejaremos que venzan quienes no quieren ver que medio centenar de mujeres que son asesinadas en nuestro país cada año por el mero hecho de serlo. Si dejamos que triunfen quienes niegan el asesinato de las mujeres, quienes siguen amparando y justificando a través de un lenguaje nada inocente este comportamiento u otros igual de mezquinos, nunca seremos capaces de avanzar como sociedad ni de albergar la mínima esperanza de construir un mundo mejor. Si olvidamos la frase de Steiner, dejarán de existir derechos y avances porque, nadie lo dude, las palabras que los nombran, las que les dan entidad propia, serán robadas, desparecerán conceptos con los que, armados de palabras, las armas mas devastadoras que poseemos, fuimos rompiendo techos de cristal a costa de salirnos del marco conceptual de quienes hoy esperan disfrutar de su venganza aprovechando el viento de cola que les impulsa.

            Quien no encuentre un ámbito desde el que construir una parcela de ese mundo que deseamos mejorar es porque está miope y no ve entre todas las opciones existentes para optar por un activismo social que, desde lo más nimio hasta lo más elevado, nos ayuden a ser mejores. No hace falta fundar una ONG o ser Greta Thunberg para lograrlo. Basta con tener una conciencia clara aquellos aspectos que pretenden ser derrotados por quienes no piensan en modelos sociales donde quepamos todos y todas. Yo tengo el mío, el del lenguaje, el de la reacción desde la palabra a quien con palabras pretende robar un mundo para todas las personas, también para las que no piensen como yo.

Juanjo Ibáñez

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