Todo llega, todo pasa, todo cambia

María de Mar Peña, Granada | Y esto pasará, por supuesto. Esta especie de pesadilla apocalíptica tiene un horizonte de término. Pero antes, todo llega. Todas las consecuencias de la plaga de indiferencia e irresponsabilidad en la que hemos vivido llegan en forma de pandemia con nombre de apariencia inofensiva: Coronavirus.

Estamos tan acostumbrados a normalizar la catástrofe, a verla por televisión con aséptico interés como divertimento de sobremesa findesemanal, que no la tomamos en serio. Y por mucho que vimos las barbas del vecino cortar, no pusimos en remojo las nuestras. Acostumbrados a la rutina de ver la realidad a través de una pantalla, en la distancia, como si fuera cosa de otro. Como si, en cualquier momento, la publicidad de turno pudiera pausarla sin más. Todo llega.

Y mientras tomamos el #Yomequedoencasa como anécdota molesta y nos quejamos de no poder salir de casa (eso sí, seguimos en casa disfrutamos bien cómodamente de suministros esenciales, televisión, teléfono, internet, redes sociales, carta de filmografía a la carta y contacto permanente con nuestros seres queridos); mientras, muchos son los que deciden apelar a lo que ellos llaman rebeldía y no es otra cosa que irresponsabilidad. Algunos, en su desesperada situación de auténtica necesidad intolerable, encerrados en su confortable hogar y conectados con el mundo, claman en las Redes Sociales por la celebración de eventos culturales, derecho al ocio y pleno disfrute de la calle como feudo del egoísmo y no del bien común. Como si nunca lloviera (nunca lo hace a gusto de todos, como ya se sabe) y no fuéramos capaces de renunciar a bajar la basura, mirar un escaparate y pararnos a charlar con el vecino. Cosa que, seamos honestos, tampoco hacemos en circunstancias normales. “La calle es libre y la libertad un derecho”, dice el candidato a portavoz de la idiotez supina. Mientras frivolizamos y seguimos viviendo en esa realidad paralela del perfecto imbécil, muere gente. Mueren los débiles, se ven en peligro nuestros ancianos y los más vulnerables. Los sanitarios trabajan sin descanso, desbordados, sin medios y en condiciones precarias, arriesgando sus vidas para salvarnos. Es así. Es real: son héroes. Héroes de verdad, de carne y hueso, con nombre y apellido. Con miedo, con cansancio, con impotencia y desesperación. Ángeles de bata blanca o pijama verde, con todas las limitaciones humanas a los que les condenamos con nuestra pasividad e indiferencia.

Todo llega. Todo pasa. Y esto pasará, siempre que seamos responsables. Por favor: no salgan de casa. Eviten colapsar a nuestros ángeles de la guarda. Evitemos condenar a los vulnerables. Sólo se trata de quedarse en casa. Leer, escuchar la radio, retomar viejas aficiones. Disfrutar de una película, un libro, un juego de mesa.

Todo llega, todo pasa, todo cambia. Confío en que sí, que todo esto nos haga valorar lo importante. Las pequeñas cosas de las que disfrutamos sin darnos cuenta ni apreciarlas. Pero, sobre todo, la importancia de nuestro sistema sanitario y todos sus profesionales. La importancia de la solidaridad, del pensar en el bien común y no en el antojo repentino e irrefrenable que nos nace furibundo entorno a nuestro ombligo. No lo olviden: no se ha suspendido la vida. Se nos enseña a valorarla, se nos invita a valorar qué significa realmente para nosotros.

Cuando todo pase, espero que todo cambie. Que tengamos la conciencia y madurez suficiente para hacer un balance de nuestras vidas. Que sepamos señalar y disfrutar, de verdad y no como pataleta absurda, de las esencias del día a día. Que volvamos a dar los buenos días al panadero y disfrutemos de su sonrisa. Que podamos pararnos en la calle para sonreír y ceder el paso a un anciano. Que valoremos la labor de los profesionales que hacen del nuestro un sistema de bienestar íntegro y no desoigamos sus necesidades pendientes de otras cosas. Que dejemos de ver la realidad como alienados espectadores de una vida que no es la nuestra. Volvamos a vivir la vida.

Cuando todo esto pase, espero que todo cambie. Que valoremos la labor asistencial del cuidado de personas dependientes, aquellos que dedican su vida y sus esfuerzos a dar alimento y cobijo a los necesitados. Que sepamos valorar lo alcanzado y lo que nos queda por conseguir en cuanto a derechos laborales y sociales. Después de esto, es necesario que hayamos adquirido una conciencia social plena que nos permita situar al colectivo, a la sociedad, por encima de la individualidad y el egoísmo. Es la forma de crecimiento de una sociedad.

Todo llega, todo pasa, todo cambia. Pero que seamos, al menos, capaces de extraer una piedra angular de transformación en un mundo mejor. Después, el silencio y la indiferencia serán tan cómplices y culpables como el propio virus. Mientras tanto, por favor, quédense en casa. Hay mucho que descubrir y disfrutar. Apelemos a esa imaginación perdida que sostuvo el mundo cuando era un planeta sin luces. No desprecien el esfuerzo titánico de los que están salvando vidas por un capricho pueril. Al fin y al cabo, todo llega, todo pasa y todo cambia.

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